Arisa Onaga: moda, identidad y herencia entre Japón y Bolivia
Entrevista a Arisa Onaga, diseñadora que fusiona herencia japonesa y raíces bolivianas en una propuesta única.

Arisa Onaga: identidad, herencia y creación entre dos mundos
Arisa Onaga es un cruce de culturas hecho identidad. Hija de raíces japonesas, nacida en Santa Cruz de la Sierra, Bolivia, su mirada se teje entre herencia y territorio.
Diseñadora textil e indumentaria, formada en la Universidad de Palermo, encuentra un punto de inflexión en Japón: su perfeccionamiento como patronista tras completar un master en la Bunka Fashion Graduate University de Tokio no solo afina su técnica, sino que impulsa y redefine su camino profesional. Su recorrido no es solo geográfico, sino profundamente identitario: un cruce de culturas que dialogan, se tensa y se reinventan en cada trazo. Desde ese lugar —entre oriente y occidente, entre tradición y técnica— Arisa construye una mirada propia, donde la moda deja de ser superficie para convertirse en lenguaje.

—¿Cuándo sentiste el despertar de la moda como tu pasión?
Creo que mi primer acercamiento a la moda nació en casa. Mi mamá cosía como hobby y yo crecí viéndola crear. A los 11 años le pedí que me enseñara, usando una máquina que mi abuela había traído desde Japón. Desde entonces, no paré.
A los 14 hice mi primer curso de costura y moldería, y a los 18 mi papá me regaló mi primera máquina industrial, que sigo usando hasta hoy.
Con el tiempo descubrí que mis abuelas en Okinawa eran tejedoras y que teníamos kimonos hechos a mano con fibras de banano, conocidos como bashofu. Entender eso fue muy significativo: sentí que esta vocación venía de generaciones.

—¿Tus creaciones buscan preservar y reinterpretar tu herencia cultural?
Definitivamente. Soy una persona muy comunicativa, pero muchas veces las palabras no me alcanzan. En la moda encuentro una forma de expresión no verbal.
En esta colección, en particular, redescubrí mi identidad como nikkei boliviana. Reavivé esa llama latina que, sin darme cuenta, estaba apagando con los años de vivir lejos. Cuando dejé de resistir esa dualidad, todo hizo “click”.

—¿Cómo fue tu camino hacia la escena de la moda japonesa?
Desde que terminé el colegio soñaba con estudiar en esta universidad, aunque no fue un camino inmediato. Lo intenté varias veces hasta estar preparada.
Durante la pandemia me encontraba en Japón trabajando en diseño, pero atravesando un momento de bloqueo creativo, incluso de burnout. Con mucho miedo consulté a mi padre, y su respuesta fue clara: “Arisa, no hay nada que perder”.
Postulé a una beca y, entre perfiles como arquitectos, neurocirujanos, doctores y biólogos, quedé seleccionada. Hoy puedo decir que uno de mis sueños más grandes se cumplió con mucho orgullo.
Lo más difícil no fue entrar en la moda, sino destacar. Pero con constancia y un concepto auténtico, es imposible no encontrar una voz propia.

—¿Cómo equilibras el minimalismo japonés con la expresividad latinoamericana?
Al principio lo vivía como un choque. Pero entendí que no eran opuestos. Empecé a buscar puntos en común y encontré conexiones inesperadas, como entre las Lolitas japonesas y las cholitas bolivianas. Cuando dejé de forzar esa dualidad, todo empezó a fluir. Esa mezcla, finalmente, soy yo, mi sello de identidad.
— Tu colección fue protagonista en la pasarela de Fashion Bunka College ¿Cómo fue ese proceso creativo?
Mi punto de partida fueron las cholas bolivianas, reinterpretadas desde una mirada contemporánea. Imaginé a una chola atravesando los trenes de Tokio, una imagen que nació de una fotografía de mi tatarabuela vestida con kimono en Las Vegas. Ese cruce de tiempos y geografías marcó toda la colección.
Trabajé sobre la estructura tradicional de la pollera, simplificándola para lograr volumen con menos capas. Fue un proceso de investigación profundo, donde la técnica acompañó la idea de síntesis sin perder identidad.
En la etapa final incorporé el lenguaje japonés a través del origami, integrando ambos universos desde lo conceptual y lo constructivo. El diálogo entre culturas también se expresó en el textil: el aguayo fue una pieza clave, no solo por su potencia visual sino por su carga simbólica. Es un tejido ancestral que narra —a través de sus tramas— historias del Inti, la Pachamama y la vida cotidiana andina.
Lo que más me interesa es la conexión inesperada: la técnica del aguayo guarda una cercanía sorprendente con la de los Obi japoneses. Esa coincidencia abre una pregunta que atraviesa toda la colección: cómo culturas tan distantes pueden compartir lenguajes textiles tan similares.
—¿La moda está realmente abierta a la diversidad cultural?
La moda suele asociarse a la tendencia, pero creo que debería acercarse más al concepto de estilo o incluso al arte, que trasciende el tiempo.
Aun así, hoy percibo una apertura real hacia la diversidad cultural. En lo personal, valoro profundamente el trabajo artesanal: no hay nada más significativo que aquello hecho a mano, con tiempo y dedicación.

—¿Qué proyectos te esperan?
Actualmente estoy trabajando en un proyecto de revitalización comunitaria a partir de kimonos reciclados. Aún está en desarrollo, pero creo en el valor de generar pequeños cambios desde lo que uno sabe hacer.
También hay otros proyectos en Japón que, con el tiempo, irán tomando forma.

—¿Qué consejo le darías a quienes sueñan con proyectarse internacionalmente?
Hay una frase que me habita: “todo lo que puedas imaginar, lo puedes crear”. A mí me encontró a los 27; ojalá a otros les llegue antes, o justo a tiempo.
No es solo para quienes empiezan, sino para ese diseñador que crea en silencio, que duda en la madrugada y vuelve a elegir este oficio. La ropa es nuestro lenguaje: ahí vive nuestra voz, nuestra identidad y también nuestro poder.
Soñar es íntimo y es libre, pero también es trabajo, constancia y amor por lo que hacemos. Las negativas —inevitables— pueden doler, pero también pueden transformarse en materia creativa. Proyectarse al mundo no es irse lejos, es afirmarse en lo propio. Y en ese gesto —persistente y silencioso— la moda deja de ser solo estética para convertirse en vocación.
Crear también es una forma de honrar nuestras raíces. La identidad siempre será una fortaleza, sobre todo cuando se trabaja desde el amor.
Arisa Onaga no diseña prendas: traza puentes invisibles entre la memoria y el presente, entre lo heredado y lo elegido. Porque cuando la moda se vuelve relato, deja de vestir cuerpos para sostener historias. Y en ese gesto, silencioso y vital, perdura lo esencial.











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