Recuperó 900 bicicletas abandonadas y las regala a chicos: la historia solidaria que emociona a Río Negro

Recuperó 900 bicicletas abandonadas y las regala a chicos: la historia solidaria que emociona a Río Negro

Diego Paulete y su familia restauraron cerca de 900 bicicletas donadas y las entregan gratuitamente a niños de Río Negro. Una historia de solidaridad que transforma chatarra en oportunidades.

En tiempos donde las noticias suelen estar marcadas por las dificultades económicas y los conflictos cotidianos, también existen historias que invitan a creer en la solidaridad. Una de ellas tiene como protagonista a Diego Paulete, un vecino de Ingeniero Huergo, en la provincia de Río Negro, que desde hace once años recupera bicicletas abandonadas, las restaura junto a su familia y las entrega gratuitamente a niños que las necesitan.

Lo que comenzó como un pequeño gesto solidario terminó convirtiéndose en "Robando Sonrisas", un proyecto familiar que ya permitió devolver a la vida cerca de 900 bicicletas y, con ellas, brindar nuevas oportunidades a cientos de chicos.

Para Diego, cada bicicleta representa mucho más que un rodado recuperado.

"Esto lo hacemos por amor. Por el brillo en los ojos que tienen los chicos cuando reciben una bicicleta. Por la libertad que les genera poder andar en bici", expresó en una entrevista con TN.

Un incendio fue el punto de partida

La historia comenzó en 2015, cuando un incendio destruyó la vivienda de una madre soltera.

Movilizado por la situación, Diego —que trabaja como electricista— decidió colaborar realizando gratuitamente la instalación eléctrica de la nueva casa y aportando materiales para reconstruirla.

Aquella experiencia cambió su manera de entender la solidaridad.

Con el tiempo, junto a su compañera Jennifer Romero, encontró una forma de ayudar que podía sostenerse en el tiempo: restaurar bicicletas usadas para entregarlas a chicos que nunca habían tenido una propia.

Un proyecto que une a toda la familia

Con el paso de los años, la iniciativa dejó de ser una tarea de dos personas.

Actualmente también participan Hugo y Mirta, los padres de Diego, además de otros familiares, amigos y vecinos que colaboran desinteresadamente.

Su padre, de 76 años, posee una bicicletería donde conserva piezas usadas en buen estado que luego sirven para reparar otros rodados.

"Somos seis personas las que estamos activamente con esto. Lo más lindo es que puedo hacerlo con mi papá, que tiene 76 años, y también con mi hijo, que apenas tiene tres. Es un movimiento solidario sobre ruedas", contó Diego.

Ninguno de los integrantes recibe dinero por su trabajo.

"No somos una ONG ni recibimos fondos de nadie. Todo está impulsado por el amor y las ganas de ayudar", explicó.

Cuando termina el trabajo, comienza otra jornada

Las bicicletas llegan gracias a las donaciones de vecinos de distintas localidades de Río Negro.

Algunas necesitan apenas pequeños arreglos, mientras que otras demandan varias jornadas de trabajo para volver a funcionar.

Cuando concluye su jornada laboral como electricista, Diego transforma el garage de su casa en un taller.

Allí desmontan cuadros, cambian frenos, reemplazan ruedas, limpian cadenas oxidadas y reutilizan repuestos que todavía pueden tener una segunda vida.

"Algunas llegan en muy buen estado y otras necesitan mucho más amor porque estuvieron años abandonadas. Las vamos recuperando hasta que quedan listas para volver a rodar", explicó.

Mucho más que una bicicleta

Antes de cada entrega, la familia procura conocer la historia del niño que recibirá el rodado.

Para ello trabajan junto a merenderos, referentes barriales y vecinos que les indican cuáles son las familias con mayores necesidades.

En muchos casos, la bicicleta permite recorrer varios kilómetros hasta la escuela o asistir al doble turno escolar.

En otros, simplemente representa la posibilidad de jugar y disfrutar de una infancia con mayor libertad.

"Sabemos la historia de cada nene y lo que va a sanar en cada pedaleada", asegura Diego.

Cerca de cumplir un nuevo sueño

Después de once años de trabajo, Robando Sonrisas ya llegó a 14 localidades de Río Negro y se encuentra muy cerca de alcanzar un nuevo objetivo: entregar la bicicleta número 900, que curiosamente fue donada desde Ushuaia.

Aunque el proyecto recibió distintos reconocimientos, Diego sostiene que el mayor premio continúa siendo la emoción de cada entrega.

"Nosotros empezamos pensando que, si lográbamos reciclar diez bicicletas, ya iba a ser muchísimo. Hoy estamos cerca de las 900 y todavía sentimos que estamos viviendo un sueño."

El próximo desafío es alcanzar las 1.000 bicicletas restauradas, contar con un espacio propio para trabajar y extender la iniciativa hacia otras provincias argentinas.

"Nuestro sueño ya lo estamos viviendo. Cada bicicleta representa una oportunidad. Lo único que queremos es seguir viendo ese brillo en los ojos de los chicos cuando empiezan a pedalear", concluyó.

Una historia que demuestra que, muchas veces, las transformaciones más profundas comienzan con un gesto sencillo: rescatar aquello que otros daban por perdido para convertirlo en una nueva oportunidad de sonreír.