Del hombre centauro al hombre eco: el desafío del pensamiento crítico en la era de la inteligencia artificial
La especialista en IA Ayelén Caffarena analiza cómo la inteligencia artificial puede potenciar al ser humano o debilitar el pensamiento crítico si se delega la capacidad de interpretar la realidad.
Del hombre centauro al hombre eco
¿Qué pasa cuando delegamos el pensamiento crítico?
Vivimos en una época que premia la productividad, el multitasking, la lógica de los procesos, la velocidad en la acción, el saber decir. Una época que interpela al ser humano en sus curvas de aprendizaje y propone una reconfiguración de lo que la historia conoce por mundo y las relaciones que en él se desarrollan.
La IA aparece como aliada de este nuevo tiempo, donde la hipervelocidad tiene el protagónico, y mediante un prompt (que consiste en una instrucción escrita en lenguaje natural mediante la cual se indica al sistema qué tarea debe realizar y qué resultado se espera obtener) realiza tareas que antes estaban reservadas solo para las personas.
Nadie negaría que se trata de un avance de la humanidad hacia un nuevo escenario, que en las narrativas propone una mayor disposición de tiempo para los sujetos y una liberación de las tareas repetitivas y rutinarias.
En ese contexto, se abren dos variantes: una que tiene al hombre como protagonista, potenciado por la IA y promoviendo avances hacia una mayor equidad, encarnado en el concepto de hombre centauro. La otra, problematiza sobre la creación de un hombre que reproduce información pero que no produce pensamiento crítico, y que pierde la capacidad de distinguir la voz de los ecos, a tal punto, que termina por repetir como propio aquello que le es entregado como verdad, aunque no lo sea.
El hombre centauro
El concepto de "hombre centauro" encuentra su origen en el ámbito del Advanced Chess (Ajedrez Avanzado), una modalidad impulsada por Garry Kasparov luego de su histórico enfrentamiento con la supercomputadora Deep Blue en 1997. A diferencia de la visión que enfrentaba al ser humano con la máquina, Kasparov sostuvo que el verdadero potencial residía en la colaboración entre ambos. Así surge la noción del hombre centauro: un híbrido en el que la capacidad estratégica, la intuición y el juicio humano se potencian con la velocidad de procesamiento y análisis de la inteligencia artificial. Este modelo propone una inteligencia aumentada, donde la tecnología actúa como una extensión de las capacidades cognitivas para potenciar al ser humano y no para reemplazarlo.
Esa síntesis del ser humano y la máquina trabajando de manera mancomunada y superando las individualidades que cada uno representa por separado tuvo una concepción en torno a la productividad, es decir, el hacer más, mejor y en menor tiempo.
Ahora bien, ¿qué sucede cuando el ser humano delega el control creativo y su facultad de pensar para luego preguntarse cómo existir?
Las herramientas modelan al ser humano, porque cambian la manera de hacer y también de interactuar con la realidad, eso no necesariamente es algo negativo sino que, por el contrario, es evolutivo, propio de la modificación constante de un contexto que cambia a los sujetos y que es cambiada por estos. No obstante, eso no significa que no sea necesario revisar cuáles son las funciones que se pueden delegar y cuáles no.
¿Se trata de una simple herramienta o imprime el sentido con el que fue diseñada?
De manera sutil, imperceptible, se van entregando decisiones diarias, de distintas complejidades y aristas: desde cómo vestirse, qué comer, qué consejo puede ofrecer sobre problemas interpersonales, etc. Se activa la dependencia de la IA y esta conquista todos los órdenes de la vida. Mientras tanto, la capacidad de pensar y desarrollar criterios propios, reflexivos y profundos queda pausada, y nace el hombre eco.
El hombre eco caracteriza a un individuo que no conoce la realidad directamente; conoce la versión que los sistemas digitales le devuelven después de haberla seleccionado, ordenado e interpretado algorítmicamente. Se trata de una representación alterada por el prisma de la arquitectura (siempre ideológica) de los sistemas, que genera una interpretación entregada como verdad absoluta y termina por modelar el comportamiento humano en favor de determinados intereses. No es que desaparezca la capacidad de pensar; lo que se desplaza es el esfuerzo de interpretar, de pensar de manera crítica, de reflexionar. El individuo recibe una respuesta ya estructurada, coherente y persuasiva, y la incorpora sin recorrer el camino intelectual que conduce a ella.
Bajo esta forma de consumir la realidad, va muriendo la capacidad de interpelar los escenarios que se habitan para poder modificarlos.
Entre el hombre centauro y el hombre eco, la diferencia reside en la decisión consciente de conservar, cultivar y profundizar el acto más revolucionario de todos los tiempos: el pensamiento crítico.
Si este es abandonado debido a la inercia voraz del sistema, se habrá hipotecado la posibilidad de interpelar lo dado como realidad y entonces sucederá de manera inexorable el renunciamiento a conquistar, transformar y cambiar los contextos, pasando de ser protagonistas a simples espectadores de un reflejo que propone una anestesia dopamínica en formato de realidad a medida. Solo entonces, será posible que muera la revolución, y con ella, la conquista de derechos.










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